lunes, 31 de julio de 2017

Salome y Jesus 5

Salomé fue a ver a los heridos
—Busca las muletas, él puede caminar —dijo Salomé a Cipriano.
—Él se llama Evaristo —dijo Cipriano.
—Gracias por corregirme —respondió Salome.
—Vamos a sentarlo para que después de unos pasitos. Ya les traigo sus almuerzos —dijo Salomé.
Caminó hacia la cocina.
—Ya te iba a buscar, en la puerta está un señor que te busca, no lo mandé a pasar —dijo Amparo apenas vio a Salomé entrar a la cocina, Salomé la dejó hablando sola y corrió a la puerta, se acercó al señor, lo abrazó.
—Vamos a la cocina para que tome café y almuerce —dijo Salomé.
Caminaron hacia la cocina y le dijo que se sentara, le sirvió café, se sentó frente de él.
—Cómo pudo llegar hasta aquí como está la situación —preguntó Salomé.
—Cuándo uno se decide a hacer algo no hay quien lo pare, voy a llegar al fondo, no les voy dejar hueso sano, pero los quiero que se sientan seguros, aunque sé que sienten la espada de Damocles que pende de sus cabezas —dijo el hombre.
Salomé le tendió la mano.
—Cuenta conmigo —dijo Salomé, se dieron las manos.
—Ahora a comer —dijo Salome.
Ayudó a Amparo a servir y llevar la comida a los heridos y se sentó a comer con su amigo, al terminar de comer Salomé lo acompañó hasta la puerta, luego caminó por los corredores hasta la habitación donde estaban los heridos, ya habían almorzado.—¿Ustedes de dónde vienen? —preguntó Salomé a los hombres.
—Yo vivo cerca de la estación —respondió Evaristo.
—Escribe para avisar que estás aquí —dijo Salomé, abrió una gaveta de la peinadora, sacó papel y una pluma que le entregó en las manos, acercó una mesa para que escribiera, lo dejó y le habló al otro, él le dijo que no sabía leer.
—Desde hoy vas a aprender, ya te voy a mandar una maestra, dile a ella que quieres decirle a tu madre, sus cartas yo se las voy a llevar a sus familias y les voy a decir que vengan a verlos, tienen tiempo sin verlos, ni sabían donde están —dijo Salomé.
Ella salió de la habitación y buscó a Amparo.
—Ve y ayuda a los muchachos. —Ella enseguida obedeció, caminó y se perdió en los corredores.
Salomé regresó vestida de hombre gordo, los muchachos se sorprendieron al verla, ella se rio al verlos.
—No lo pares con las muletas, agárralo y que camine porque si sigue sin caminar se le va secar la pierna —dijo Salomé a Cipriano.
Cipriano la vio sorprendido.
—Si tú lo dices, ¡vamos Evaristo! —Cipriano se acercó a Evaristo y lo ayudó a levantarse.
—Denme sus cartas que ya les traigo repuestas —dijo Salomé.
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