El
mundo recorro en un momento, estoy aquí, acá, allá, el viento me lleva y
mientras viajamos me susurra quedito lo que voy a escribir eso que te
gustó me contó el viento.
lunes, 1 de septiembre de 2014
Mi
alma se consume de dolor por tu desdén, mi corazón me duele tanto que
siento que va a estallar, mis ojos anegados de tanto llorar por tu
ausencia, mis oídos no quieren oír que me digas que no me quieres, mi
boca con esa mueca de amargura, por no poder decirte te amo, mi cuerpo
encorvado por el peso de la cruz que llevo acuestas, solo te pido que me
crucifiques.
El domador
Es mediodía todos descansan, el silencio es roto por el canto de los
gallos y el cacarear de las gallinas, voy a ducharme y desde la ventana
del baño veo que llueve en las montañas, me pongo una bata, salgo y
corro hacia la cocina, tomo café y abro la puerta que da al patio, la
lluvia llegó, las gallinas y gallos se alborotan van a su gallinero,
lucero relincha me acerco al establo y está un hombre, lo detallo y
pienso —fina estampa parece un actor— me saluda y me dice que es el
domador, cuando le doy la mano, veo que tengo la bata pegada al cuerpo,
salgo corriendo y en mi camino se atraviesa un sapo, llego a la cocina.
—Petra ¿Por qué no me dijiste? Que estaba ese señor en el establo— le
digo. —Porque estoy pendiente que no se me queme el arroz con coco— me
respondió.
Las
experiencias son indispensables para la purificación del alma, por muy
duras que parezcan, cada quien lleva su cruz acuestas, con esto te
quiero decir, que no es necesario estar en una guerra para sentir el
sufrimiento, como tampoco es necesario vivir en un palacio para
experimentar la felicidad. Fe, animo.
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