Camino
por tu camino de tierra, huyendo de los enemigos que ya están llegando
al pueblo, lo gente corre despavorida, a lo lejos se oyen los disparos,
los perros ladran, los niños lloran, seguí caminando todo el día, llegó
la noche tibia, la luna llena ilumina todo, llegué a la vera de un río,
me senté bajo un árbol a esperar que amaneciera para seguir caminando,
me dormité, me desperté, lloré pensando de las cosa de la vida, los
jóvenes luchan por los ideales de otros, me venció el sueño, me
despertaron los gallos cantando, me quedé recostada esperé que aclarara,
porque tenia miedo de cruzar el río, de repente oigo el ladrido de un
perro, me levanté y caminé hacia donde oí el canto de los gallos y el
ladrido del perro, porque pensé; «ese perro puede andar acompañado.»
Caminé sigilosamente, llegué a un patio, hay muchas gallinas y gallos, una casita pequeña, me asomé en la ventana, vi que adentro no hay nadie, le dio la vuelta hacia la entrada, la puerta estaba abierta, entré, me asomé en una ventana que da hacia el río, vi que en la orilla del río está un señor mayor, un caballo negro y el perro que oír ladrar, pensé; «me voy a cercar» se ve cansado y estremecido por el llanto.
Salí de la casa, no pasé por el patio para que no se alboroten las aves, caminé un trecho, en silencio llegué al árbol, el perro está echado al lado del señor que ahora esta sentado, me moví y las hojas secas hicieron ruido, el perro ladró, salí detrás del árbol, el señor manda a callar al perro, me acerqué, me senté al lado de él, lo dejé tranquilo que llorara, al rato le dije;
—¡Vamos a seguir! De aquel camino vienen mucha gente caminando, vamos a unirnos a ellos. —El señor se levantó.
Yo lo seguí se montó en el caballo y yo detrás, no nos unimos a ellos porque por este camino hay arboles frutales, el señor llevaba en un morral manzanas, íbamos en silencio pensando en lo que dejamos.
En la tarde llegamos a un caserío de calles empolvadas, con casas abandonadas, el señor me dijo;
—La gente de este caserío se fueron a buscar un mejor porvenir porque tiene tiempo abandonado.
Le respondí;
—Me voy a bajar a caminar un raro. —El señor también se bajó del caballo.
Me asomé por la ventana de una de las casas, el techo estaba caído, el señor me dijo;
—¡Hija ven! Que se nos hace tarde. —Corrí hacia él y seguimos.
La tarde le iba dándole paso a la noche, llegamos a un río, tenía mucho calor, me desvestí, me metí en el río, un árbol con forma de sombrilla cubría parte del río, los cantos de las aves variados me alegraron, después de tanto silencio y me olvidé porqué estoy aquí, nadé una rato, salí del río, me vestí, de repente grité —¡Ay, ay! —Y me zumbé al río.
El señor corrió a la orilla del río.
—¡Hija! ¿Qué te pasó? —Le respondí.
—Me picaron las hormigas. —Y las sacudía, las tenías por todas partes, me salí.
Al rato el señor me dio una chaqueta que llevaba y me dijo;
—Pon a secar esa ropa. —Me calcé la chaqueta y colgué la ropa de una rama del árbol, nos sentamos, le pregunté por su familia, me dijo; que vive solo, que tiene un hijo que está en el ejercito y que cuando vio que la situación estaba poniéndose mala, salió sin nada de su casa, me horroriza una guerra ver a la gente convertida en demonios.
Le respondí que pensaba lo mismo. Me preguntó porque no corrí por dónde corrió la gente, le respondí;
—Ah no sé a lo mejor el destino me guió para encontrarme con usted. —Me respondió;
—Debe ser, yo conozco este camino, vamos a llegar a nuestro destino antes que esa gente que va allá. —Me dijo
—Hija duerme un rato yo estoy pendiente de ti. —Se levantó del suelo y dio unos pasos y volvió a sentarse, enseguida me quedé dormida, soñé que estaba acostada en una cama con unas sabanas lindas perfumadas y que de repente me tocan un brazo, abro los ojos y es un soldado y comencé a gritar, era el señor que me llamó, después de mi susto nos reímos, todavía estaba oscuro cuando decidimos seguir, al señor le dije;
—Tengo sueño. —Me respondió;
—Ahora duermes un rato, vamos a seguir antes de que el sol caliente, no se cuanto caminamos, hasta que el sol no lo aguanté, me senté bajo un árbol inmenso, el señor siguió al río con el caballo, me dormí como una hora, cuando desperté el señor me dijo;
—Vamos a seguir está llegando una brisa fría, debe ser que llueve cerca. —Y seguimos, estaba cansada, el señor me decía; —Animo ya vamos a llegar. —Llegó la noche, nos sentamos, me dijo;
—En la mañana llegamos a la libertad, no seguiremos escondiéndonos.
Le dije;
—Me pregunto que serán de mi madre y mi hermana. —El me respondió.
—Tranquila ellas están bien, tú las vas a encontrar. —Solo me sonríe y me dijo;
—Ten fe, está situación va a pasar pronto y vamos a regresar.
—Yo no creo que pase pronto. —respondí.
—Al llegar busco la manera de saber de tu familia —respondió.
Pensé « viviré con esa ilusión de verlas de nuevo.
Hablamos de otras cosas, me acosté, veía las estrellas, de repente me cayó algo encima, era una hoja seca del árbol, me volteé y me dormí, el señor me llamó me dijo;
—Recoge tus frutas. —Y me levante, lo seguí, me monté en el caballo, al rato me bajé y él se montó en el caballo, al rato nos montamos los dos y me dijo;
—Ya llegamos, mira esas casas pintadas de colores alegres.
—De mostaza y verde, las calles adoquines me recuerda mi calle —respondí.
Pensé que la calle no tenia fin, al cruza en una esquina estaba la casa con una puerta enorme, nos bajamos del caballo, tocamos la puerta, nos abrió un señor delgado que cuando vio al señor corrió y lo abrazó, nos mandó a pasar y dijo;
—Leonor, mira quien está aquí. —La señora elegante le dice;—T tanto tiempo sin verte, te extrañe tanto, ¡vamos para que se pongan cómodos! ¿Y esta chica tan linda ? —preguntó.
—Una angelita bajó del cielo para acompañarme en mi viaje —respondió y todo se rieron.
—El señor que nos abrió la puerta le dijo;
—Qué afortunado que eres amigo.
Pasó un mes, tengo mucho trabajo porque soy costurera, tejo y con eso me gano la vida.
Una noche oí una conversación, me quedé fría, me levanté temprano, salí, caminé dos cuadras, vi un autobús y me monté, le pregunté al señor que está a mi lado, ¿qué para dónde iba? Me respondió; para la capital, me dio la mano y me dijo;
—Mi nombre es Jacinto, ¿para dónde va usted? —Le respondí;
—A la capital y pensé; «a olvidar lejos» Oí la voz de Jacinto que me decía ¿Le esperan en la capital?
—no nadie —respondí.
Se recostó creí que se durmió, en la madrugada me dijo;
—Ya vamos llegando. —Miré por la ventanilla, pensé «las calles están solas.»
Llegamos al terminal, el señor Jacinto me dio la dirección de su hermana que alquila habitaciones, nos despedimos y yo entré en un hotel y pasé la noche allí, me levanté temprano y me dirigí al lugar que me indico Jacinto, no estaba lejos, la calle con arboles, las casas eran todas iguales con unos jardines hermosos, en una de las casas una señora riega las plantas, le pregunté por doña Cleotilde, me respondió que vivía al lado, abrí la reja, toqué la puerta, la abrió una señora bajita, amable me mandó a pasar, me enseñó la casa, me dio la mejor habitación porque me recomendó su hermano, acostada mirando el techo mi mente vuelve a aquel día que llegué aquí, ya han pasado cinco años que llegué sin nada, ahora con mi costura y mis tejidos soy famosa, oigo que tocan en la ventana, la abro, es la señora Cleotilde, me dice; —Scarlet ya puedes ir a tu país.
—¿Quéé? —respondí.
—Sí me lo acaba de decir jacinto —respondió.
—Tengo que regresar —dije.
Empece a guardar mis cosas y en la noche salí para mi país, me acompañaron a la estación del tren Cleotilde y jacinto, me daban animo porque estaba nerviosa, llegó el tren y me alejé, me parecía que nunca llegaría, vi el amanecer, calles conocidas, me palpitaba el corazón.
El tren se paró, me quedé sentada, al fin me armé de valor y me bajé con pasos firmes y caminé sin ver las ruinas que dejaron a su paso, casas saqueadas, dejé de pensar, llegué a mi calle, mi casa, me puse a llorar, parece un pueblo fantasma, entré en la casa, todo se lo llevaron, hasta mis recuerdos, caminé, busqué para arreglar las puertas.
A los días la casa estaba presentable. Una semana después que llegué oigo una voz conocida que me llamaba «
Scarlet» Me quedé paralizada,
volteo y es el señor, corrí hacia él, me abrazó y me dijo;
—Aquí cerca de mi corazón tengo tu nota de despedida como una espina clavada en él, ¿por qué huiste? —Me preguntó.
—Porque oí que la hermana de la señora Leonor dijo que se iban a casar —respondí.
—¿No sé por qué habló eso? —Me interrumpió.
—Yo sé porque lo dijo, aquel día que llegamos y te pusiste esa camisa negra, te veías tan elegante, me di cuenta que te amo y no me imaginé que estaba celosa —Le dije.
Nos sentamos en el sofá, me arrodillé, él enredó sus brazos en mi cintura, mis manos recorrían su pecho, de repente sentí que sus manos se resbalaron, oigo;
—¡Scarlet parate! —Levanté la mirada.
—¿Jacinto tú también estás muerto? —dije.
Caminé sigilosamente, llegué a un patio, hay muchas gallinas y gallos, una casita pequeña, me asomé en la ventana, vi que adentro no hay nadie, le dio la vuelta hacia la entrada, la puerta estaba abierta, entré, me asomé en una ventana que da hacia el río, vi que en la orilla del río está un señor mayor, un caballo negro y el perro que oír ladrar, pensé; «me voy a cercar» se ve cansado y estremecido por el llanto.
Salí de la casa, no pasé por el patio para que no se alboroten las aves, caminé un trecho, en silencio llegué al árbol, el perro está echado al lado del señor que ahora esta sentado, me moví y las hojas secas hicieron ruido, el perro ladró, salí detrás del árbol, el señor manda a callar al perro, me acerqué, me senté al lado de él, lo dejé tranquilo que llorara, al rato le dije;
—¡Vamos a seguir! De aquel camino vienen mucha gente caminando, vamos a unirnos a ellos. —El señor se levantó.
Yo lo seguí se montó en el caballo y yo detrás, no nos unimos a ellos porque por este camino hay arboles frutales, el señor llevaba en un morral manzanas, íbamos en silencio pensando en lo que dejamos.
En la tarde llegamos a un caserío de calles empolvadas, con casas abandonadas, el señor me dijo;
—La gente de este caserío se fueron a buscar un mejor porvenir porque tiene tiempo abandonado.
Le respondí;
—Me voy a bajar a caminar un raro. —El señor también se bajó del caballo.
Me asomé por la ventana de una de las casas, el techo estaba caído, el señor me dijo;
—¡Hija ven! Que se nos hace tarde. —Corrí hacia él y seguimos.
La tarde le iba dándole paso a la noche, llegamos a un río, tenía mucho calor, me desvestí, me metí en el río, un árbol con forma de sombrilla cubría parte del río, los cantos de las aves variados me alegraron, después de tanto silencio y me olvidé porqué estoy aquí, nadé una rato, salí del río, me vestí, de repente grité —¡Ay, ay! —Y me zumbé al río.
El señor corrió a la orilla del río.
—¡Hija! ¿Qué te pasó? —Le respondí.
—Me picaron las hormigas. —Y las sacudía, las tenías por todas partes, me salí.
Al rato el señor me dio una chaqueta que llevaba y me dijo;
—Pon a secar esa ropa. —Me calcé la chaqueta y colgué la ropa de una rama del árbol, nos sentamos, le pregunté por su familia, me dijo; que vive solo, que tiene un hijo que está en el ejercito y que cuando vio que la situación estaba poniéndose mala, salió sin nada de su casa, me horroriza una guerra ver a la gente convertida en demonios.
Le respondí que pensaba lo mismo. Me preguntó porque no corrí por dónde corrió la gente, le respondí;
—Ah no sé a lo mejor el destino me guió para encontrarme con usted. —Me respondió;
—Debe ser, yo conozco este camino, vamos a llegar a nuestro destino antes que esa gente que va allá. —Me dijo
—Hija duerme un rato yo estoy pendiente de ti. —Se levantó del suelo y dio unos pasos y volvió a sentarse, enseguida me quedé dormida, soñé que estaba acostada en una cama con unas sabanas lindas perfumadas y que de repente me tocan un brazo, abro los ojos y es un soldado y comencé a gritar, era el señor que me llamó, después de mi susto nos reímos, todavía estaba oscuro cuando decidimos seguir, al señor le dije;
—Tengo sueño. —Me respondió;
—Ahora duermes un rato, vamos a seguir antes de que el sol caliente, no se cuanto caminamos, hasta que el sol no lo aguanté, me senté bajo un árbol inmenso, el señor siguió al río con el caballo, me dormí como una hora, cuando desperté el señor me dijo;
—Vamos a seguir está llegando una brisa fría, debe ser que llueve cerca. —Y seguimos, estaba cansada, el señor me decía; —Animo ya vamos a llegar. —Llegó la noche, nos sentamos, me dijo;
—En la mañana llegamos a la libertad, no seguiremos escondiéndonos.
Le dije;
—Me pregunto que serán de mi madre y mi hermana. —El me respondió.
—Tranquila ellas están bien, tú las vas a encontrar. —Solo me sonríe y me dijo;
—Ten fe, está situación va a pasar pronto y vamos a regresar.
—Yo no creo que pase pronto. —respondí.
—Al llegar busco la manera de saber de tu familia —respondió.
Pensé « viviré con esa ilusión de verlas de nuevo.
Hablamos de otras cosas, me acosté, veía las estrellas, de repente me cayó algo encima, era una hoja seca del árbol, me volteé y me dormí, el señor me llamó me dijo;
—Recoge tus frutas. —Y me levante, lo seguí, me monté en el caballo, al rato me bajé y él se montó en el caballo, al rato nos montamos los dos y me dijo;
—Ya llegamos, mira esas casas pintadas de colores alegres.
—De mostaza y verde, las calles adoquines me recuerda mi calle —respondí.
Pensé que la calle no tenia fin, al cruza en una esquina estaba la casa con una puerta enorme, nos bajamos del caballo, tocamos la puerta, nos abrió un señor delgado que cuando vio al señor corrió y lo abrazó, nos mandó a pasar y dijo;
—Leonor, mira quien está aquí. —La señora elegante le dice;—T tanto tiempo sin verte, te extrañe tanto, ¡vamos para que se pongan cómodos! ¿Y esta chica tan linda ? —preguntó.
—Una angelita bajó del cielo para acompañarme en mi viaje —respondió y todo se rieron.
—El señor que nos abrió la puerta le dijo;
—Qué afortunado que eres amigo.
Pasó un mes, tengo mucho trabajo porque soy costurera, tejo y con eso me gano la vida.
Una noche oí una conversación, me quedé fría, me levanté temprano, salí, caminé dos cuadras, vi un autobús y me monté, le pregunté al señor que está a mi lado, ¿qué para dónde iba? Me respondió; para la capital, me dio la mano y me dijo;
—Mi nombre es Jacinto, ¿para dónde va usted? —Le respondí;
—A la capital y pensé; «a olvidar lejos» Oí la voz de Jacinto que me decía ¿Le esperan en la capital?
—no nadie —respondí.
Se recostó creí que se durmió, en la madrugada me dijo;
—Ya vamos llegando. —Miré por la ventanilla, pensé «las calles están solas.»
Llegamos al terminal, el señor Jacinto me dio la dirección de su hermana que alquila habitaciones, nos despedimos y yo entré en un hotel y pasé la noche allí, me levanté temprano y me dirigí al lugar que me indico Jacinto, no estaba lejos, la calle con arboles, las casas eran todas iguales con unos jardines hermosos, en una de las casas una señora riega las plantas, le pregunté por doña Cleotilde, me respondió que vivía al lado, abrí la reja, toqué la puerta, la abrió una señora bajita, amable me mandó a pasar, me enseñó la casa, me dio la mejor habitación porque me recomendó su hermano, acostada mirando el techo mi mente vuelve a aquel día que llegué aquí, ya han pasado cinco años que llegué sin nada, ahora con mi costura y mis tejidos soy famosa, oigo que tocan en la ventana, la abro, es la señora Cleotilde, me dice; —Scarlet ya puedes ir a tu país.
—¿Quéé? —respondí.
—Sí me lo acaba de decir jacinto —respondió.
—Tengo que regresar —dije.
Empece a guardar mis cosas y en la noche salí para mi país, me acompañaron a la estación del tren Cleotilde y jacinto, me daban animo porque estaba nerviosa, llegó el tren y me alejé, me parecía que nunca llegaría, vi el amanecer, calles conocidas, me palpitaba el corazón.
El tren se paró, me quedé sentada, al fin me armé de valor y me bajé con pasos firmes y caminé sin ver las ruinas que dejaron a su paso, casas saqueadas, dejé de pensar, llegué a mi calle, mi casa, me puse a llorar, parece un pueblo fantasma, entré en la casa, todo se lo llevaron, hasta mis recuerdos, caminé, busqué para arreglar las puertas.
A los días la casa estaba presentable. Una semana después que llegué oigo una voz conocida que me llamaba «
—Aquí cerca de mi corazón tengo tu nota de despedida como una espina clavada en él, ¿por qué huiste? —Me preguntó.
—Porque oí que la hermana de la señora Leonor dijo que se iban a casar —respondí.
—¿No sé por qué habló eso? —Me interrumpió.
—Yo sé porque lo dijo, aquel día que llegamos y te pusiste esa camisa negra, te veías tan elegante, me di cuenta que te amo y no me imaginé que estaba celosa —Le dije.
Nos sentamos en el sofá, me arrodillé, él enredó sus brazos en mi cintura, mis manos recorrían su pecho, de repente sentí que sus manos se resbalaron, oigo;
—¡Scarlet parate! —Levanté la mirada.
—¿Jacinto tú también estás muerto? —dije.

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