Desde el columpio, observo a mi amigo Nicolás que ensilla a Apache,
salgo corriendo. —¿Para dónde vas— le pregunto. —A buscar a Nicanor—me
responde. —¡Voy contigo! le digo. —¡No! Espérame— me dice él. No le
hago caso y ensillo a Lucero y salimos. Recorremos la ciudad, llegamos a
una calle ancha y de tierra, con sus casas de bahareque, sus rejas de
palos y alambres de púas, el sol abrasador. —¡Nico cuando llegamos! No
aguanto el calor— le dije. ¡Te dije que te quedaras— me respondió. Los
niños salen de sus casas y corren detrás de los caballos.
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